Cambiar todo el pipeteo de un laboratorio a electrónico no siempre compensa; depende del volumen de operaciones diarias y del tipo de protocolo. Estos son los factores que de verdad deciden si merece la pena.
Precisión: dónde se nota más
En volúmenes muy pequeños (por debajo de 10µl) la variabilidad entre usuarios al pipetear manualmente es mayor que la del propio instrumento, sobre todo en técnicas como PCR cuantitativa donde un error del 5% en el volumen de la mezcla de reacción puede afectar al resultado. Las pipetas automáticas mantienen la misma velocidad de aspiración y dispensado en cada repetición, algo que un usuario humano no puede garantizar tras la repetición número cuarenta de una serie.
Fatiga y lesiones por movimiento repetitivo
El pulgar es el punto más afectado en el pipeteo manual intensivo: series largas y continuadas son una causa documentada de tendinitis en personal de laboratorio. Una pipeta electrónica con botón de disparo ligero, como las de la serie BOECO SA, reduce significativamente el esfuerzo por repetición cuando el volumen de trabajo diario es alto.
Multidispensación: el caso de uso más claro
Cuando el protocolo requiere dispensar el mismo volumen muchas veces seguidas (llenado de placas, alícuotas de un mismo reactivo), una multidispensadora como la serie PRO de BOECO, con hasta 120 volúmenes programables, elimina tanto la fatiga como la variabilidad entre dispensaciones sucesivas de una misma serie.
Cuándo el pipeteo manual sigue siendo la opción razonable
Para volúmenes de trabajo bajos, protocolos ocasionales o cuando el presupuesto es limitado, una pipeta manual de volumen fijo o variable bien calibrada (ISO 8655) sigue siendo perfectamente válida. La automatización aporta más cuando se multiplica por el número de repeticiones diarias, no como mejora aislada.
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